| La tortura: una marca que no se borra |
16 DE MARZO 2014 - 12:01 AM
Internacionalmente es uno de los delitos más graves. En Venezuela, las organizaciones de derechos humanos la consideran una práctica institucionalizada en cuerpos policiales y militares. La impunidad ha protegido a los torturadores y el Estado está en mora con el cumplimiento de las recomendaciones de la Organización de Naciones Unidas. Expertos advierten que la complicidad y el encubrimiento son castigados penalmente
" El miércoles 5 de marzo, a las 8:00 de la mañana, salgo en autobús de mi casa en Los Teques para mi trabajo en el local mexicano de la feria de comida de La Cascada. Cuando llego veo que hay guardias nacionales en la pasarela de Carrizal y ya se escuchaban detonaciones.
Había una protesta un poco agresiva, de parte y parte, tanto de los manifestantes como de la guardia. Como a las 2:30 de la tarde nos dicen que nos vayamos porque la cosa se está poniendo intensa, pero ya las puertas para ir a la calle están cerradas y varios empleados nos quedamos atrapados en el estacionamiento. No han pasado ni 20 minutos cuando motorizados de la guardia con parrilleros pasan por la avenida disparando perdigones hacia La Cascada. Mucha gente sale corriendo y yo me lanzo al piso. Cuando me estoy levantando una moto entra al estacionamiento. Disparan contra los empleados y también contra mí, pero no me dan. Salgo corriendo y llegan otras dos.
`Ahí, ahí, dispárale’, se decían los guardias entre ellos. El tercero logra darme en el brazo y en la nalga. Sigo corriendo. El dolor se puede soportar y me deja alejarme, pero me tropiezo y caigo. En el suelo levanto la mirada y veo que me rodean los guardias que se habían bajado de la moto. Me golpean en las costillas con los puños y cuando ya me tienen detenido me llevan ante otro de ellos que se pone a 50 centímetros de mí, o menos, y sin decir nada hace una detonación a quemarropa en mi ingle derecha.
"Buscan una moto, me montan entre dos y me apuntan a la cabeza con un arma de fuego. No iba esposado. Intentan salir, pero el vigilante les dice que no puede abrir, y es cuando me sacan caminando. Me tienen rodeado entre ocho o nueve guardias; ya me costaba caminar. Ellos se reúnen afuera para ver qué van a hacer conmigo, pero no podía escucharlos. Alrededor tengo un grupo de motorizados que parecen de colectivos y que empiezan a gritar que me dejarán ahí para que me muera desangrado, que ellos me iban a matar a coñazos y a dar con las motos.