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Por Santiago Canton Fecha: 22/03/2015
“Sabéis que también las palabras matan”, dijo el Papa Francisco ante la multitud que lo oía atentamente en la plaza de San Pedro. La Iglesia Católica lo sabe. El 27 de Noviembre de 1095 durante el Concilio de Clermont, el Papa Urbano II pronunció unas palabras que desencadenaron la primera Cruzada, y una serie de eventos a lo largo del milenio, que aún hoy nos recuerdan la fuerza de esas palabras.
Luego de los autores de la Biblia, el escritor más influyente en la formación de la cultura occidental, Shakespeare, nos enseña, conHamlet, la fuerza asesina de las palabras. “El puñal que ha de herirla está en mis palabras, no en mi mano” nos dice Hamlet refiriéndose a su madre. Gertrudis no resiste las palabras de Hamlet: “No más, no más, que esas palabras, como agudos puñales, hieren mis oídos.”
La palabra asesina esta en nuestro ADN. Nuestra sociedad es producto de la cultura, y los discursos de los líderes son una parte significativa de la construcción de esa cultura. Los discursos violentos producen violencia; los discursos pacíficos, producen paz. No hay lugar para el margen de error, ya que dentro de ese margen está la diferencia entre la vida y la muerte. La historia universal no me permite mentir o inventar.
A juzgar por las palabras elegidas, el eterno embajador de Venezuela ante la OEA, Roy Chaderton, eligió la violencia sobre la paz, y la muerte sobre la vida. En el programa Zurda Konducta de Venezolana Televisión, expresó con su agotadora y rimbombante verborragia: “el sonido que produce [un proyectil] en una cabeza escuálida [de la oposición] es como un chasquido, porque la bóveda craneana es hueca, entonces pasa rápido.” Para resumir, dijo que una bala en la cabeza de un opositor pasa rápido y suena hueco.