Por Boris Muñoz | 12 de febrero, 2015
1. La caída de los velos
Hasta no hace mucho –pongamos arbitrariamente el año 2012– cuando se mencionaba la palabra dictadura con relación a Venezuela se hacía de un modo impreciso.
Hugo Chávez, con sus promesas de freír las cabezas del ancien regime e incendiar las urbanizaciones del este de Caracas si la oligarquía intentaba derrocarlo (de nuevo), fue un hombre hiperbólico. No es raro que como respuesta siempre haya provocado hipérboles. Y llamarlo dictador fue una de ellas. Los científicos sociales tienen razón al querer precisar los matices, porque no siempre es fácil discernir cuál es el color apropiado entre las cincuenta sombras de gris que separan al autócrata del tirano. En realidad, Chávez era un autócrata, un caudillo que operaba un sistema híbrido –ni totalmente democrático ni francamente dictatorial– y no una dictadura ni un régimen de facto como lo hizo Augusto Pinochet en Chile, por citar un sólo ejemplo del inagotable acervo latinoamericano.
Sin embargo, ya que los matices son importantes, hay que comenzar por decir que, desde 2012 hasta el día de hoy, el régimen venezolano ha dado grandes pasos en la escala de grises que conduce hacia la palabra dictadura.